Residencia impermanente (O Diarios de viaje)

“Antes de ayudar a los demás pasajeros,
colóquense su propia mascarilla de oxígeno”

Tenía la mirada bien abierta.
No tenía un libro entre las manos
ninguna revista en el regazo.
Ningún auricular taponaba sus oídos.
Ninguna pantalla absorbía sus ojos.
Sin embargo,
estaba profundamente concentrada.
¿Qué haces?
Estoy volando.

VUELO

Decía que se hundía,
que la vida en las barracas tenía que acabarse.
Bajo las maletas de un gran aeropuerto, las algas se exiliaron.
Bajo la influencia de los cánticos que apolillan los tímpanos,
se preguntaba:
“Si crucifican mis alas,
¿en qué patria podrá cobijarse el aire?”

Subía con el vello erizado y las pestañas alicaídas,
los nudillos apretados y todo su miedo en un puño.

Los pasajeros a ninguna parte embarcan por la puerta diez,
previo chequeo del alma
y despojo del sobrepeso de un pasado,
pero con un presente más pesado,
hábilmente camuflado
como equipaje de mano.

Sabía que la vida en las barracas tenía que acabarse,
que hay rascacielos y chabolas,
pirámides y pagodas,
que hay lugares en los que se come con los ojos,
se baila con la boca.
y se camina desnuda,
pero con zapatos que aprietan y collares que estiran.

Tal vez nunca vuelva a cortar su pelo…

Aprenderá a escribir del revés y del derecho,
a leer los ojos y las cartas.

Hará ayuno de sonidos
y se vestirá de largo para bañarse en la playa,
mecida en olas de tela.

Ni siquiera el tiempo es universal.
Y aún así, no llegará tarde.
No perderá el vuelo.

En esta ciudad amarga
se me llena el regazo de rastros
de algún mercado roto.

Las calles tienen nombres propios

Vivo cerca de tu nombre.
Vivo
entre tu inicial y tus pies,
entre tu acento y tus cabellos.
Me crié en el borde
de tu acera.
Nací contigua a tu onomástica.
Tus años me caen
y me rozan.
A veces, el tiempo sabe ser dulce.
Las baldosas
te pronuncian, desesperadas.
Tu portal te clama.
Vivo en la esquina de tu apellido,
(del primero, porque sólo tienes uno).
Sorprendida a veces
por la longitud de tus números,
como si quisieras perpetuarte
en la ciudad
como quien disemina sus genes.

No todos viven en ti,
pero todos te han caminado.

Yo nunca persevero en las calles,
acaso quisiesen quedarse mi nombre.

“Un nómada es alguien de ideas fijas,
por eso puede moverse libremente en el tiempo y en el espacio”.
Agustín Fernández Mallo.

Nómada

Te recibo en esta casa
de vientre profundo,
de balcones encerrados,
donde encontrarás
un omoplato en la alacena,
una clavícula en la sala,
un saludo al sol en la ventana.

Te recibo
con ojos de vino,
con lágrimas en los vasos,
con tréboles en los platos,
con aire verde en la boca,
y te invito
a mi dormitorio de espejos,
a mi escritorio de arena,
a mi baño de olas.
Húndete conmigo en esta espiral de encanto.
Encontrarás que en el suelo
viven
hormigas barridas,
remolinos de hojas,
polvo de ardillas;
que las paredes albergan sueños de todos,
pinturas de varios,
olores de algunos.
Que mi piel es esa alfombra que respira.

Aquí, donde las letras tiemblan y bailan
dentro de los pulmones,
te invito a guarecerte
del frío
o de ti.

Te recibo en mi casa
donde las plantas crecen
entre la nieve y la madera
entre el viento y las arañas.
Riega ya esta sed caníbal.
Y después,
ayúdame a desplazar los muebles
empotrados en mi tórax,
a desatascar los cajones de mis rodillas,
a despejar los estantes de mi cabeza.

Ábreme,
destápame,
entra,
libre,
no llames,
no hay llave.
No tengo casa.

Pero en algún sitio
vivo.

Residencia impermanente

Quiero que te acuestes en mí,
que reposes los párpados,
que descanses la lengua
como solías hacer
allá en Nova Scotia
cuando eras niño
y todavía llorabas.

Allí, donde la nieve reprime a las hojas
tú y yo ya no estamos.
Ya no somos animales en cortejo
y sin embargo, todavía me hablas desde lejos,
con voz de invierno.
Siento tus manos calmadas
sobre este corazón desahuciado
obligado a vivir fuera de su pecho
y distanciado del mar y de la arena.
Con manchas rojas
te escribo esta historia
que todavía quiere
retorcerse en una península ignota
antes que desplegarse en la inmensidad
de un continente tan árido.

En mí, acostada yace la posibilidad de un planeta
que gira alrededor del tuyo,
(ello no implica adoración alguna).
La física nos era ajena;
el mundo, lejano.
Y seguimos así, amándonos, dando vueltas.

Papel mojado

Escribí mientras me ahogaba
un diario
que fue el diario de una ahogada.
Poemas de mar, poemas de lluvia, poemas de nieve…
Todos,
papel mojado.

Anexo
DE LA DIGNIDAD DE LAS ESPECIES

En esos lugares inhóspitos
razas vírgenes
y otras reliquias
se aferran a la tierra.
Estirpes extirpadas.

Yo, que migré buscando un suelo donde beber agua.
Yo, que migré con las manos blancas (y los pies negros).
Yo, que migré sin saber de verbos (ni de traducciones).
Indagarán el ADN de mi savia,
perseguirán mi fotosíntesis alevosa
cuando con nocturnidad arrebate
algo de oxígeno.

Sí, confieso que por necesidad hurté
rayos de sol
ya que sin luz me apagaba,
marchito,
en cuartos oscuros.

Me acusaron de robo
por respirar con violencia
y alzar mis ramas
en señal de protesta.
No me bastó el alimento
para desarrollar hojas
donde reclamar
derechos.
Pero desarrolle ojos
que fingen no ver
para que mi corazón no sienta,
ni el tuyo no se resienta.
Bocas mudas.
¡Y si las plantas hablaran!
No hay verde,
nunca hay verde en las prisiones.

Y así es,
que sin raíces sigo vivo
como un tronco a la deriva
a merced de las disputas sobre la propiedad del agua.

Varado en la orilla
me desnudan.
Despojado de corteza,
cuentan mis anillos
para descubrir mis años.
¡Suéltenme! ¡Soy un árbol!
¡Tengo derecho a la vida!
Y me dejaron vivo
y apilado,
junto con otros troncos vivos
y apilados,
atados y listos para llevar,
para transportar,
deportar,
repatriar,
expulsar…
Sin raíces,
sin ramas,
sin hojas.
Sin hojas de papel
llenas de sellos y otros estigmas.
¡Y yo que tan sólo quería
florecer en otras tierras,
darte frutos
y alegrar tus sobrios parques!

Tendré que conformarme
con ser
la mesa sobre la que escribes,
el cajón sobre el que vuelcas tus desastres,
el armario en el que escondes los trapos sucios,
la madera que pisas,
o la leña que quemas para calentarte.
Aún deberé darte gracias
por el fuego.

Hecho polvo,
me consuela pensar
que mis cenizas y las tuyas se parecen.

De este modo te demuestro
aunque sea tarde
que era verdad,
que somos iguales.

(Ilustración: Bruno Macías)


Acerca de

Lola Borges Blázquez dejó las playas de Valencia y un doctorado en derechos humanos para emigrar a Montreal, no precisamente por amor al invierno. Actualmente trabaja como redactora y traductora, da clases particulares de español y baila blues siempre que puede. Tiene publicado un libro de poemas 'Libro I: de las penas', y ha colaborado con sus textos en numerosas revistas y antologías (Vulture, Revista Latinoamericana de derechos humanos, En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis). También tiene un proyecto llamado Escritora de Vidas.


'Residencia impermanente (O Diarios de viaje)' tiene 2 comentarios

  1. septiembre 23, 2014 @ 11:10 pm Jc

    “Aquí, donde las letras tiemblan y bailan
    … guarecerte
    del frío
    o de ti.”
    Que bien y bonito lo cuentas, esta nada en la que todavía somos capaces de ser refugio. Gracias

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